Nana

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Nana volvió a llamar a Labordette para pedirle noticias de sus cien luises; él se echó a reír, y se negó a decirle sus caballos, para no espantar la suerte, dijo. Su dinero estaba bien situado y pronto lo vería. Como ella le confesase sus apuestas, diez luises a «Lusignan» y cinco a «Valerio II», él se encogió de hombros, como si dijese que las mujeres sólo hacían tonterías.

Nana se quedó asombrada, sin comprenderle.

En aquel momento el césped se animaba más. Se preparaban meriendas al aire libre, en espera del Gran Premio. Se comía y se bebía mucho más todavía, por todas partes: sobre la hierba, en las banquetas altas de los four-in-hand, de los mail-coach, de las victorias, de los cupés y de los landós. Era una exposición de fiambres, una profusión de cestos con champaña, que sacaban de los cajones los lacayos. Los tapones saltaban con débiles detonaciones, llevándoselos el viento; se prolongaban las bromas, los ruidos de vasos rotos ponían notas extrañas en aquella nerviosa algazara.




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