Nana

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Gagá y Clarisse hacían con Blanche una comida en serio; bocadillos sobre un mantel extendido, con el cual se tapaban las rodillas. Louise Violaine, que había bajado del pescante, se reunió con Caroline Héquet, y a sus pies, en el césped, los señores instalaron una cantina, a la que acudían a beber Tatán, María, Simonne y las demás, mientras cerca de allí se vaciaban botellas sobre el mail-coach de Lea de Horn, emborrachándose un grupo al sol, con bravatas y posturas y sin importarles la gente.

Pero en seguida empezaron a amontonarse, sobre todo delante del landó de Nana. De pie, ella se puso a escanciar vasos de champaña para los hombres que la saludaban. Uno de sus lacayos, François, le pasaba las botellas mientras Héctor de la Faloise, tratando de remedar una voz canalla, lanzaba su pregón:

—¡Acérquense, señores! No cuesta nada… Hay para todo el mundo.

—Cállese ya, querido —acabó por decirle Nana—. Parecemos unos titiriteros.

Sin embargo, encontraba muy graciosa la situación, y se divertía mucho.

Estuvo tentada de enviar, por Georges, un vaso de champaña a Rose Mignon, que fingía no beber. Henri y Charles se aburrían a reventar, los pequeños lo hubieran querido, y Georges se bebió el vaso temiendo una discusión.


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