Nana

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Entonces Nana se acordó de Louiset, al que había olvidado teniéndolo detrás. Tal vez tuviese sed, y le hizo beber un sorbo de vino, lo que le hizo toser horriblemente.

—¡Acérquense, acérquense, aproxímense, señores! —repetía Héctor—. No cuesta nada; no cobramos… ¡Lo regalamos!

Nana le interrumpió con una exclamación:

—Bordenave está allá abajo… ¡Llámelo! Oh, se lo ruego. Corra.

En efecto, era Bordenave, que se paseaba con las manos a la espalda, un sombrero que el sol enrojecía y una levita grasienta, blanqueando en las costuras; un Bordenave deslustrado por la quiebra, pero aún altivo, exhibiendo su miseria entre la gente elegante, con su descaro de hombre siempre dispuesto a desafiar a la fortuna.

—¡Caramba, qué elegancia! —exclamó cuando Nana le tendió la mano, en un gesto amigo.

Bordenave, después de beber un vaso de champaña, soltó esta frase de profundo pesar:

—¡Ah, si yo fuese mujer…! ¿Pero qué más da? ¿Quieres volver al teatro?

—Tengo una idea: alquilo la «Gaité» y nos tragamos París entre los dos… Tú me debes eso.


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