Nana
Nana Y se quedó gruñendo, dichoso, no obstante, por volver a verla, porque aquella condenada Nana, decía, le derramaba bálsamo en el corazón sólo con ponerse delante. Era como su hija, de su propia sangre.
El círculo era mayor a cada instante. Ahora Héctor servía, y Philippe y Georges reclutaban amigos. Poco a poco no quedaba un hueco libre en el césped. Nana dirigía a cada uno de los que se le acercaban una sonrisa y una frase agradable. Los grupos de bebedores se aproximaban, y pronto no hubo más que un espesor de gente y un vivo alborozo en torno a su landó, y ella reinaba, entre los vasos que se le tendían, con sus cabellos rubios agitados por el viento y su rostro de nieve bañado por el sol.
En la cumbre, entonces, para hacer rabiar más a las otras mujeres que estaban rabiosas con su triunfo, levantó su copa llena, en su antigua postura de Venus victoriosa. Pero alguien la tocó por detrás, y ella se quedó sorprendida, al volverse y ver a Mignon en la banqueta.
Nana desapareció un instante y se sentó a su lado al decirle que tenía que comunicarle una cosa grave. Mignon decía por todas partes que su mujer hacía el ridículo mostrándose resentida con Nana; le parecía estúpido e inútil.