Nana
Nana El clamor ahogó la ansiedad que oprimía los pechos. Ahora se paralizaron las apuestas, la suerte se jugaba sobre la inmensa pista. Al principio reinó el silencio, como si los alientos fuesen cortados. Sus caras se alzaban, blancas, con estremecimientos. A la salida, «Hasard» y Cosinus habían hecho el juego poniéndose en cabeza. «Valerio II» les seguía de cerca, y los otros iban en confuso pelotón. Cuando pasaron por delante de tribuna, conmoviendo el suelo, con el viento huracanado de su carrera, el pelotón ya se estiraba en una cuarentena de largos. Frangipane iba el último, y «Nana» estaba un poco detrás de «Lusignan» y de «Spirit».
—Caramba —murmuró Labordette—. Cómo se desenvuelve el inglés.
En el landó todo eran gritos y exclamaciones. Se empinaban y seguían con la vista las manchas deslumbrantes de los jockeys, que desfilaban bajo el sol. En la subida, «Valerio II» se puso en cabeza; Cosinus y «Hasard» perdían terreno, mientras «Lusignan» y «Spirit», pegadas casi las cabezas, seguían teniendo tras ellos a «Nana».
—¡Diablos! el inglés está ganando —dijo Bordenave—. «Lusignan» se fatiga y «Valerio II» no aguanta.
—Pues quedaremos bien si gana el inglés —exclamó Philippe en un arrebato de fervor patriótico.