Nana

Nana

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Un sentimiento de angustia empezaba a deprimir a toda la gente allí amontonada. ¡Aún otra derrota! Y un clamor de voto extraordinario, casi religioso, subió por «Lusignan», mientras se injuriaba a «Spirit», con su jockey ofreciendo una mueca de enterrador.

De la multitud desparramada por la hierba se elevaba un frenesí de los grupos, que se esparcía por todo el ambiente, los jinetes cruzaban el césped en un galope furioso. Y Nana, que miraba en torno suyo, contemplaba a sus pies aquel oleaje de caballos y de personas, aquel mar de cabezas bajas y como arrebatadas hacia la pista por el torbellino de la carrera, rayando el horizonte el vivo relampagueo de los jockeys.

Ella los seguía por la espalda, fijos los ojos en las grupas, en la velocidad increíble de sus patas, que se perdían allá lejos y se adelgazaban. Ahora, en el fondo, desfilaban de perfil, pequeños, delicados, sobre las lejanías verdosas del bosque. Luego, bruscamente, desaparecieron tras un gran conjunto de árboles plantados en medio del hipódromo.

—¡Esperen! —gritó Georges, siempre con su esperanza—. Aún no se ha acabado. El inglés está rendido.


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