Nana
Nana Pero Héctor de la Faloise, poseído por su desdén nacional, se ponía escandaloso aclamando a «Spirit». ¡Bravo! ¡Ya estaba hecho! Francia necesitaba aquello. «Spirit» primero y Frangipane segundo. ¡Esto aplastaría a la patria!
Labordette, a quien exasperaba, le amenazó seriamente con arrojarlo del coche.
—A ver cuántos minutos tardan —dijo Bordenave con la mayor tranquilidad y sacando su reloj mientras sostenía a Louiset.
Uno a uno, tras el conjunto de árboles, reaparecieron los caballos. Hubo un estupor; la muchedumbre lanzó un prolongado murmullo. «Valerio II» se mantenía en cabeza, pero «Spirit» le ganaba terreno, y detrás de él «Lusignan» había cedido mientras otro caballo tomaba su puesto. Aquello no se comprendió en seguida. Se confundían las casacas, hasta que surgieron las primeras exclamaciones…
—¡Pero si es «Nana»…! ¡Vamos ya, «Nana»! Le digo que «Lusignan» no se ha movido… Sí, es «Nana». Se la reconoce muy bien por su color de oro… ¡La ven ahora! Está echando fuego… ¡Bravo, «Nana»! Vaya una tarde… Eso no significa nada. Está haciendo el juego a «Lusignan».