Nana

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Durante algunos segundos, aquella fue la opinión de todos. Pero lentamente la potranca ganaba terreno, en un esfuerzo continuo. Entonces la emoción fue inmensa. La cola de caballos, rezagada, ya no interesaba. Una lucha suprema se establecía entre «Spirit», «Nana», «Lusignan» y «Valerio II».

Se les nombraba, se comprobaba su progreso o su desfallecimiento, con frases sin fin, apenas balbuceadas.

Y Nana, que acababa de subir al asiento de su cochero, como izada, permanecía pálida, sacudida por un temblor y tan oprimida que se callaba. A su lado, Labordette había recobrado su sonrisa.

—Vean. El inglés se ha puesto mal —dijo alegremente Philippe—. Ya no marcha bien.

—En todo caso, «Lusignan» está acabado —gritó Héctor de la Faloise—. Es «Valerio II» el que llega… ¡Miren! Ahí están los cuatro en pelotón.

Una misma palabra salió de todas las bocas.

—¡Vaya galope, muchachos! ¡Qué brío más endiablado!

Ahora el pelotón llegaba de frente, como un rayo. Se sentía su aproximación y casi su aliento, un resoplido lejano que se agrandaba a cada segundo. La multitud, impetuosamente, se había precipitado a las barreras y, precediendo a los caballos, escapó un profundo clamor de los pechos, que crecía según se aproximaban con un ruido de mar embravecido.


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