Nana
Nana Era la última brutalidad de una colosal partida; cien mil espectadores dominados por una idea fija, ardiendo en la misma necesidad de suerte tras aquellos animales en cuyo galope había millones. Se empujaban, se aplastaban, con los puños cerrados, la boca abierta, cada uno para sí, cada uno azuzando a su caballo con la voz y el ademán. Y el grito de un pueblo, grito de fiera reaparecida bajo las levitas, rugiendo cada vez más.
—¡Ahí están! ¡Ahí están! ¡Ahí están…!
Pero «Nana» aún ganaba terreno; ahora «Valerio II» estaba distanciado, mantenía la cabeza, con «Spirit» a dos o tres cuellos. El rugido de trueno había crecido. Ya llegaban, y una tempestad de juramentos los acogía desde el landó.
—¡Vamos ya, «Lusignan»; cobarde, cochino burro! ¡Muy elegante «Spirit»! ¡Adelante, adelante, viejito…! ¡Ese Valerio es un asco! ¡Ah, carroña! ¡Al diablo mis diez luises! ¡No hay como «Nana»! ¡Bravo, «Nana»! ¡Bravo granujilla!
Y sobre el asiento, Nana, sin darse cuenta, había adoptado un balanceo de muslos y de riñones, como si ella misma corriese. Daba sacudidas con el vientre, como si ayudase a la potranca. A cada sacudida, lanzaba un suspiro de fatiga, diciendo con voz penosa y baja:
—Vamos ya… vamos ya… vamos ya…