Nana
Nana Entonces se vio una cosa soberbia. Price, de pie sobre los estribos, el látigo en alto, azotaba a «Nana» con brazo férreo. Aquel viejo niño disecado, aquel largo rostro, duro y muerto, lanzaba llamas. Y, en un arrebato de furiosa audacia, de voluntad triunfante, entregaba su corazón a la potranca, la sostenía, la llevaba, bañada de espuma y los ojos sangrientos.
El pelotón pasó con un redoble de trueno, cortando las respiraciones, barriendo el aire, mientras el juez, muy frío y con el ojo en la mira, esperaba. Después retumbó una inmensa exclamación. En un esfuerzo supremo, Price acababa de arrojar a «Nana» contra el poste, batiendo a «Spirit» por el largo de una cabeza.
Aquello fue como el clamor surgido de una marea. ¡«Nana», «Nana», «Nana»! El grito rodaba, crecía con violencia de tempestad, llenando poco a poco el horizonte, desde las profundidades del bosque al monte Valérien, desde las praderas de Longchamp a la planicie de Boulogne. Sobre el césped había estallado abiertamente un entusiasmo frenético. ¡Viva «Nana»! ¡Viva Francia! ¡Abajo Inglaterra!