Nana
Nana Las mujeres blandían sus sombrillas; los hombres saltaban, daban vueltas, rugían; otros, con risas nerviosas, arrojaban sus sombreros. Y de un lado a otro de la pista, el recinto de pesaje respondía, una agitación conmovía las tribunas, sin que se viese claramente más que un temblor en el aire, como la llama invisible de un brasero, encima de aquel montón vivo de pequeños rostros descompuestos, de brazos retorcidos, con los puntos negros de los ojos y la boca abierta.
Aquello ya no cesaba, se hinchaba, volvía a empezar en el fondo de las avenidas lejanas, entre el pueblo acampado bajo los árboles, para extenderse y alargarse en la emoción de la tribuna imperial, donde la emperatriz había aplaudido. ¡«Nana», «Nana», «Nana»!
El grito ascendía en la gloria del sol, cuya lluvia de oro bañaba el vértigo de la muchedumbre.
Entonces Nana, en pie sobre el asiento de su landó, crecía, creyendo que la aclamaban. Ella había permanecido inmóvil un instante, con el estupor de su triunfo, mirando la pista invadida por una avalancha tan espesa que no se veía la hierba, cubierta por un mar de sombreros negros.