Nana
Nana Luego, cuando todo aquel gentÃo se hubo colocado, formando una larga fila hacia la salida, saludando de nuevo a «Nana», que se iba con Price, doblado sobre el cuello del animal, agotado y como vacÃo, ella se golpeó los muslos violentamente, olvidándose de todo, triunfando sus frases creÃdas:
—¡Ah, Dios mÃo, si soy yo! ¡Dios mÃo, qué suerte!
Y no sabiendo cómo expresar la alegrÃa que la trastornaba, cogió y besó a Louiset, a quien acababa de ver en el aire, sobre los hombros de Bordenave.
—Tres minutos y catorce segundos —dijo Bordenave volviendo a guardar su reloj en el bolsillo.
Nana continuaba oyendo su nombre, cuyo eco le enviaba la llanura entera. Era su pueblo aplaudiéndola, mientras ella, erguida ante el sol, dominaba con sus cabellos de astro y su traje blanco y azul, color de cielo.
Labordette, escapándose, acababa de anunciarle una ganancia de dos mil luises, porque habÃa colocado sus cincuenta luises por «Nana» a cuarenta.