Nana

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Pero este dinero la conmovía menos que aquella victoria inesperada, cuyo estallido la hacía reina de París. Todas las otras mujeres perdían. Rose Mignon, en un impulso rabioso, había roto su sombrilla, y Caroline Héquet y Clarisse, y Simonne, y aun la misma Lucy Stewart, a pesar de su hijo, juraban sordamente, asqueadas ante la suerte de aquella gorda ramera, pero la larguirucha Tricon, que se había santiguado a la salida y a la llegada de los caballos, sobresalía por encima de todas, gozosa con su corazonada y alabando a Nana como matrona experta.

Mientras, alrededor del landó la aglomeración era cada vez mayor y todo eran gritos estridentes. Georges, oprimido, continuaba chillando solo, ronco ya. Como faltaba champaña, Philippe se llevó a los criados para recorrer los puestos de bebidas. Y la corte de Nana seguía creciendo, pues su triunfo decidía a los retrasados; el movimiento que había hecho con su carruaje en el centro del césped concluía en apoteosis: era la reina Venus para sus enloquecidos súbditos.

Bordenave, detrás de ella, renegaba con un enternecimiento de padre. El mismo Steiner, reconquistado, había abandonado a Simonne y se erguía sobre un estribo.


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