Nana
Nana Cuando el champaña llegó y ella levantó su copa, fueron tales los aplausos y se gritó tan fuerte ¡«Nana», «Nana», «Nana»! que la muchedumbre, asombrada, buscaba a la potranca, y no se sabía si era el animal o la mujer lo que llenaba los corazones.
A todo esto, Mignon corría, a pesar de las terribles mirada de Rose. Aquella condenada muchacha le sacaba de quicio y quería abrazarla. Luego, después de besarle las mejillas, le dijo paternalmente:
—Lo que más me fastidia es que ahora Rose enviará la carta… Está demasiado rabiosa.
—Pues mejor. Eso me situará —dijo Nana, pero al verle estupefacto, en seguida añadió—: No me hagas caso; no sé lo que digo… Ya estoy borracha.
Y lo estaba, en efecto; borracha de alegría, borracha de sol y con el vaso en alto, se aclamaba a sí misma.
—¡Por «Nana»! ¡Por «Nana»! —gritaba en medio de un recrudecimiento de la algazara, de las risas y los bravos que poco a poco se enseñoreaban del hipódromo.
Las carreras concluían; se corría el Premio Vaublanc. Los coches iban saliendo uno tras otro.
Sin embargo, el nombre de Vandeuvres volvía a ser el centro de las discusiones.