Nana

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Ahora la cosa estaba clara: Vandeuvres, desde hacía dos años, preparaba su golpe, encargando a Gresham que retuviese a «Nana», y no había lanzado a «Lusignan» más que para hacer el juego a la potranca. Los perdedores se enojaban, mientras que los ganadores se encogían de hombros. ¿Y qué? ¿Acaso no estaba permitido? Un propietario llevaba su cuadra como le parecía. Ya se habían visto otros casos.

La mayoría reconocía en Vandeuvres mucho talento al haber hecho que unos cuantos amigos recogiesen todo lo que había podido tomar sobre «Nana», lo cual explicaba el alza brusca de las cotizaciones; se hablaba de dos mil luises, a treinta de promedio, lo que hacía un millón doscientos mil francos de ganancia, una cantidad cuya importancia imponía respeto y lo excusaba todo.

Pero otros rumores, gravísimos, llegaban del recinto de pesaje. Los hombres que volvían de allí precisaban los detalles, y las voces aumentaban asegurando que se trataba de un escándalo vergonzoso.

El pobre Vandeuvres estaba acabado; había echado a perder su soberbio golpe por una estúpida necedad, por un robo idiota, al encargar a Maréchal, un bookmaker tarado, que diese por su cuenta dos mil luises contra «Lusignan», con la intención de recuperar sus mil y pico de luises apostados abiertamente, una miseria, y esto probaba el enredo, en medio del último crujido de su fortuna.


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