Nana

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El bookmaker, advertido de que el favorito no ganaría, había realizado unos sesenta mil francos sobre ese caballo.

Sólo que Labordette, falto de instrucciones exactas y detalladas, había ido precisamente a cogerle doscientos luises sobre «Nana», que el otro continuaba dando a cincuenta en su ignorancia del verdadero golpe.

Despojado de cien mil francos con la potranca, con una pérdida de cuarenta mil, Maréchal, que sentía que todo se derrumbaba bajo sus plantas, lo comprendió bruscamente al ver a Labordette hablando con el conde después de la carrera, frente a la sala de pesaje, y en su furor de antiguo cochero, con una brutalidad de hombre robado, acababa de hacer pública una escena vergonzosa, contando toda la historia con palabras gráficas y amotinando a todo el mundo. Se añadía que el jurado de las carreras iba a reunirse.

Nana, a quien Philippe y Georges ponían al corriente en voz baja, hacía consideraciones sin dejar de reír y beber. Era posible, después de todo; se acordaba de ciertas cosas, y además, aquel Maréchal tenía muy mala cara.

No obstante, aún dudaba cuando Labordette reapareció. Estaba muy pálido.

—¿Y qué? —le preguntó a media voz.

—Perdido —respondió simplemente.


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