Nana
Nana Y se encogió de hombros. Un chiquillo ese Vandeuvres. Ella hizo un gesto de fastidio.
Por la noche, en Mabille, Nana obtuvo un éxito colosal. Cuando apareció, hacía las diez, el alboroto era formidable. Esta clásica velada de locura reunía a toda la juventud galante, a una sociedad selecta que se enlodaba en una brutalidad y una imbecilidad de lacayos. Se aplastaban bajo las guirnaldas de gas; fracs negros, atuendos excesivos, mujeres muy escotadas, con viejos trajes apropiados para ensuciarse, chillaban, y daban vueltas dominados por una embriaguez enorme.
A treinta pasos ya no se oían los instrumentos de la orquesta. Nadie bailaba. Palabras necias, repetidas sin saber por qué, circulaban entre los grupos. Se hacían esfuerzos queriendo ser graciosos. Siete mujeres, encerradas en el vestuario, lloraban para que les abriesen. Un chalote, encontrado y puesto en subasta, fue rematado en dos luises.
Precisamente Nana llegó en aquel instante, con el mismo vestido que llevaba en la carrera, azul y blanco. Le entregaron el chalote en medio de una salva de aplausos. Contra su voluntad, la cogieron tres señores y la pasearon triunfante por el jardín, a través de los céspedes pisoteados y de los macizos de plantas destrozados, y como la orquesta constituía un obstáculo, la tomaron al asalto, rompieron las sillas y los atriles, mientras un policía, paternal, organizaba el desorden.