Nana
Nana Hasta el martes Nana no logró reponerse de las emociones de su victoria. Aquella mañana hablaba con la señora Lerat, que llegó para darle noticias de Louiset, a quien el aire libre había puesto enfermo.
Una historia que ocupaba a todo París la apasionaba. Vandeuvres, excluido de los campos de las carreras, expulsado la misma noche del Círculo Imperial, incendió al día siguiente su cuadra, con sus caballos y él dentro.
—Me lo había dicho —repetía la joven—. Estaba loco ese hombre… Qué miedo tuve cuando me lo contaron anoche. Ya comprenderás, habría podido asesinarme cualquier noche… ¡Y debió prevenirme sobre su caballo! Habría ganado una fortuna, por lo menos… Le dijo a Labordette que si yo conocía el asunto, en seguida informaría a mi peluquero y a una serie de hombres. ¡Vaya cortesía! No, verdaderamente no puede dolerme mucho.
Después de esta reflexión se puso furiosa. Precisamente entraba Labordette; había arreglado sus apuestas y le traía cuarenta mil francos. Esto no hizo más que aumentar su mal humor, porque ella había podido ganar un millón. Labordette, que se hacía el inocente en toda aquella aventura, abandonó abiertamente a Vandeuvres. Esas antiguas familias estaban vacías y acababan de una manera imbécil.