Nana
Nana —¡Ah, no! —exclamó Nana—. No es ninguna imbecilidad prenderse fuego en un establo. Yo encuentro que ha acabado con arrogancia. Ya sabes que no defiendo su enjuague con Maréchal. Eso es imbécil. Cuando pienso que Blanche tuvo la desfachatez de echármelo a la cara… Yo le respondÃ: ¿Es que le mandé robar? Se puede pedir dinero a un hombre sin empujarlo al crimen… Si me hubiese dicho: No tengo nada, yo le habrÃa dicho: Está bien, separémonos, y la cosa no habrÃa ido más lejos.
—Sin duda —dijo la tÃa seriamente—. Cuando los hombres se obstinan, peor para ellos.
—En cuanto a la pequeña fiesta del final, fue muy distinguida —añadió Nana—. Parece que fue terrible, hasta poner carne de gallina. HabÃa alejado a todo el mundo y se encerró dentro con el petróleo… Y eso arde que da gusto. ImagÃnese un edificio, casi todo de madera, lleno de paja y de heno… Las llamas subÃan como torres… Lo más bonito es que los caballos no se dejaban tostar. Se les oÃa patear y arrojarse contra las puertas, con rugidos que parecÃan humanos… SÃ, la gente que lo vio todavÃa se estremece.