Nana
Nana Labordette dejó escapar un ligero suspiro de incredulidad. Él no creía en la muerte de Vandeuvres. Alguien le había visto saltando por una ventana. Había prendido fuego a su cuadra en un ataque de locura, pero cuando sintió demasiado calor, debió de pensarlo mejor. Un hombre tan estúpido con las mujeres, tan vacío, no podía morir con aquella arrogancia.
Nana le escuchaba desilusionada. Y no encontró más que esta frase:
—Desgraciado él… ¡Era tan guapo!