Nana

Nana

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Y se estremecía mientras el conde, sorprendido por esas extrañas preguntas en semejante momento, sentía que se despertaban en él sus sentimientos católicos. Pero con la camisa deslizada de sus hombros y el cabello suelto, Nana se dejó caer sobre su pecho, sollozando y abrazándole.

—Tengo miedo de morir… Tengo miedo de morir…

Muffat pasó grandes apuros para desasirse. Él mismo temía ceder a un arrebato de locura de aquella mujer, pegada contra su cuerpo, en el espanto contagioso de lo invisible, y le decía que ella estaba muy bien de salud y que bastaba con que se portase dignamente para merecer el perdón un día.

Sin embargo, Nana meneaba la cabeza; sin duda no hacía mal a nadie, incluso llevaba una medalla de la Virgen, que le enseñó, colgada de un hilo rojo entre los senos; sólo que todo estaba regulado con antelación, y todas las mujeres que no estaban casadas y se veían con hombres, iban al infierno. Recordaba párrafos de su catecismo. ¡Ah! si se supiese con certeza, pero no, nada se sabía, nadie aportaba noticias, y era cierto; sería estúpido enfadarse si los sacerdotes decían tonterías. No obstante, ella besaba devotamente su medalla, aún tibia por su piel, como una conjuración contra la muerte, cuya idea la llenaba de un horror frío.


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