Nana
Nana Fue preciso que Muffat la acompañase al tocador, Nana temblaba ante la idea de quedarse sola un minuto, aun dejando la puerta abierta. Cuando él volvió a acostarse, ella anduvo por la habitación, revisando los rincones y estremeciéndose al más ligero ruido.
Un espejo la detuvo y, como en otros tiempos, se olvidó de todo ante su desnudez. Pero la visión de su pecho, de sus caderas y de sus muslos redobló su miedo. Acabó por tentarse los huesos de la cara, largamente, con las dos manos.
—Se es fea cuando se está muerta —dijo con voz lenta.
Y se estrechaba las mejillas, agrandando los ojos, hundiendo la mandÃbula para ver cómo estarÃa. Luego, volviéndose hacia el conde, desfigurada de aquella forma, le dijo:
—MÃrame, tendré la cabeza muy pequeña.
Entonces él se enfadó.
—Tú estás loca. Ven a acostarte.
El conde la veÃa en una fosa, con el descamamiento de un siglo de sueño, y sus manos estaban unidas, tartamudeando una plegaria.