Nana

Nana

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Desde hacía algún tiempo la religión le había reconquistado; sus crisis de fe, cotidianas, recobraban aquella violencia de congestiones sanguíneas que le dejaban como aplastado. Sus dedos crujían, y repetía estas únicas palabras continuamente: ¡Dios mío…! ¡Dios mío…! ¡Dios mío!

Era el grito de su impotencia, el grito de su pecado, contra el que se quedaba sin fuerzas, a pesar de la seguridad de su condenación. Cuando ella volvió a la cama lo encontró huraño, clavadas las uñas en el pecho y con los ojos hacia arriba, como buscando el cielo.

Y Nana lloró nuevamente; se abrazaron, castañeteando los dientes sin saber por qué, rodando hasta el fondo de la misma obsesión imbécil. Ya había pasado otra noche igual, sólo que aquella vez había sido completamente idiota, o así lo consideró Nana cuando se le pasó el miedo.

Una sospecha la indujo a interrogar al conde prudentemente; tal vez Rose Mignon ya había enviado la famosa carta. Pero no había tal cosa, aquello no era la causa, porque él aún ignoraba sus cuernos.

Dos días más tarde, después de una nueva desaparición, Muffat se presentó al empezar la tarde, a una hora en que no solía aparecer nunca. Estaba lívido, los ojos enrojecidos y sacudido por una gran lucha interior.


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