Nana
Nana Pero Zoé, asustada a su vez, no se dio cuenta de aquella turbación. Había corrido a su encuentro y le pedía:
—Señor, entre, entre. La señora estuvo a punto de morir anoche.
Y como Muffat pidiese detalles, repuso:
—Lo más increíble… Un aborto, señor.
Nana estaba encinta de tres meses. Hacía mucho tiempo que había creído en una indisposición; el mismo doctor Boutarel dudaba. Luego, cuando se pronunció abiertamente, fue tanta su contrariedad que hizo todo lo posible por disimular su embarazo. Sus miedos nerviosos, sus humores negros procedían un poco de esa circunstancia, que ella guardaba celosamente, con una vergüenza de madre soltera obligada a ocultar su estado.
Esto le parecía un accidente ridículo, algo que la rebajaba y de lo que se burlarían.
¡Bonita broma! Verdaderamente era mala suerte. Haber caído en la trampa cuando se creía maestra. Y no volvía de su sorpresa, como si hubiesen descompuesto su sexo; se hacían, pues, niños, incluso cuando no se querían y aunque se emplease para otros menesteres.