Nana
Nana La naturaleza la exasperaba; esta maternidad grave que se levantaba en su placer, esta vida dada en medio de tantas muertes como sembraba en torno suyo… ¿Era que no se podía disponer de sí a su capricho y sin tantas historias? ¿De dónde salía aquel crío? Ni siquiera podía decirlo. ¡Ay, Dios! Quien lo había hecho ya pudo tener la hermosa idea de guardárselo para él, porque nadie lo quería, molestaba a todo el mundo y seguramente tampoco le esperaban muchas felicidades en su existencia.
Mientras, Zoé relataba la catástrofe:
—La señora se sintió atacada de cólicos hacia las cuatro de la madrugada. Cuando yo fui al tocador, al ver que ella no regresaba, la encontré tendida en el suelo, desvanecida. Sí, señor, en el suelo y sobre un charco de sangre, como si la hubieran asesinado… Entonces lo comprendió todo, ¿no es cierto? Estaba furiosa; la señora pudo confiarme su malestar… Precisamente estaba el señor Georges. Él me ayudó a levantarla, y a la primera palabra de aborto, él también se puso mal… La verdad es que no he hecho más que tragar bilis desde ayer.