Nana

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En efecto, el hotel parecía trastornado. Todos los criados corrían arriba y abajo de la escalera y de las habitaciones. Georges se había pasado la noche en un sillón del salón. Él fue quien aquella tarde dio la noticia a los amigos de la señora a la hora en que ella tenía la costumbre de recibir visitas. Aún estaba pálido y contaba la historia, sin reprimir su estupor y su emoción. Steiner, Héctor, Philippe y otros más se habían presentado. Desde las primeras palabras no hacían más que exclamar: ¡No es posible! Debe de ser una farsa.

En seguida se ponían serios, miraban hacia la puerta del dormitorio con gesto adusto, meneando la cabeza, no encontrando gracioso aquello. Hasta medianoche una docena de señores estuvieron hablando bajo cerca de la chimenea, todos ellos amigos y todos inquietos por la misma idea de paternidad.

Parecían excusarse unos a otros, torpemente. Luego se encogieron de hombros; aquello no les incumbía, y era culpa de ella. ¡Qué asombrosa resultaba Nana! Nunca hubiesen creído en semejante broma por su parte. Y todos se fueron, uno detrás de otro, de puntillas, como si estuviesen en la alcoba de un muerto, donde ya no se podía reír.


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