Nana

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—Pero suba usted, señor —le pidió Zoé a Muffat—. La señora está mucho mejor, y podrá recibirle… Esperamos al doctor, que ha prometido volver esta mañana.

La doncella había convencido a Georges para que volviese a su casa y durmiera un poco. Arriba, en el salón, no había más que Satin, echada en un diván, fumando un cigarrillo y con los ojos en el vacío.

Desde el accidente, en medio del atolondramiento de toda la casa, ella sólo mostraba una rabia fría con sus encogimientos de hombros y sus agresivas palabras.

En el momento en que Zoé pasaba por delante de ella repitiendo al conde que su pobre señora había sufrido mucho, soltó irritada:

—¡Le está bien empleado! ¡Así aprenderá!

Los dos se volvieron sorprendidos. Satin no se había movido, los ojos fijos en el techo y el cigarrillo colgando nerviosamente entre sus labios.

—¡Pues sí que es usted buena! —dijo Zoé.

Pero Satin se incorporó rápidamente, miró iracunda al conde y le lanzó de nuevo su frase a la cara:

—¡Le está bien empleado! ¡Así aprenderá!

Y volvió a echarse, sopló unos aros de humos, como desinteresada, y resolvió no mezclarse en nada. Aquello era demasiado estúpido.


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