Nana
Nana Zoé acababa de introducir a Muffat en el dormitorio. Un olor a éter reinaba en medio de un tibio silencio que los escasos coches de la avenida de Villiers apenas turbaban con su sordo sonar. Nana, cuya palidez resaltaba sobre la almohada, no dormÃa, y sus grandes y soñadores ojos permanecÃan abiertos. Sonrió, sin moverse, al ver al conde.
—Ah, gatito mÃo —murmuró con voz lenta—; creà que no volverÃa a verte.
Luego, cuando él se inclinó para besarle los cabellos, Nana se enterneció y le habló del niño de buena fe, como si él fuese el padre.
—No me atrevÃa a decÃrtelo… ¡Era tan feliz…! HacÃa proyectos, hubiese querido que fuera digno de ti. Y de pronto, ya no hay nada… En fin, tal vez sea mejor. No quiero poner un obstáculo en tu vida.
Él, asombrado de esta paternidad, balbucÃa frases. HabÃa cogido una silla y se sentó junto a la cama, un brazo apoyado en la colcha. Nana se dio cuenta de que estaba trastornado, como si tuviese los ojos inyectados en sangre y le temblasen los labios.
—¿Qué tienes? ¿Estás enfermo tú también?
—No —respondió penosamente.
Nana le miró con la mayor atención. Con una seña despidió a Zoé, que se demoraba colocando en orden los frascos. Y cuando estuvieron solos, ella lo atrajo y repitió: