Nana

Nana

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—¿Qué tienes, querido? Estás llorando; lo estoy viendo. Habla, tú has venido para decirme algo.

—No, no, te lo juro —tartamudeó él.

Pero abatido por el sufrimiento, conmovido todavía más por aquella habitación de enfermo adonde fue sin saberlo, estalló en sollozos y hundió su rostro en las sábanas para ahogar la explosión de su dolor.

Nana había comprendido. Seguro que Rose Mignon se había decidido a enviarle la carta. Lo dejó llorar un instante, sacudido por convulsiones tan violentas que hacía temblar la cama. Por último, con acento de maternal compasión, le preguntó:

—¿Tienes problemas en tu casa?

Dijo que sí con la cabeza. Ella hizo una nueva pausa; luego, muy bajo, añadió:

—Entonces, ¿lo sabes todo?

Él dijo que sí con la cabeza. Y volvió el silencio, un pesado silencio que llenó la alcoba ya dolorida. La noche pasada, al regresar de una velada en casa de la emperatriz, había recibido la carta escrita por Sabine a su amante.


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