Nana
Nana Después de una noche atroz, pasada planeando una venganza, salió por la mañana para rechazar el deseo de matar a su esposa. Una vez fuera, vencido por la suavidad de una hermosa mañana de junio, no fue capaz de ordenar sus ideas, y acudió a casa de Nana, como solía hacerlo en todas las horas terribles de su existencia. Sólo allí se abandonaba a su miseria con la cobarde alegría de ser consolado.
—Vamos, cálmate —le pidió Nana con acento bondadoso.
Hace mucho tiempo que yo lo sé. Pero seguro que no habría sido yo quien te abriese los ojos. Recuerda que el año pasado tenías tus dudas. Gracias a mi prudencia las cosas se arreglaron. Tú carecías de pruebas… Si ahora las tienes… es duro, lo comprendo. No obstante, hay que ser juicioso. No se queda deshonrado por eso.
Muffat ya no lloraba. Le contenía cierta vergüenza, aun cuando hacía tiempo que se había enterado hasta de las más íntimas confidencias sobre su hogar. Ella tuvo que animarle. Nana era mujer y lo comprendía todo. Luego él murmuró:
—Tú estás enferma ¿por qué tengo que fatigarte? Ha sido una estupidez haber venido. Me voy.
—Pues no —dijo ella con viveza—. Quédate. Te daré un buen consejo, seguramente. Sólo que no me hagas hablar mucho; me lo ha prohibido el médico.