Nana
Nana Él se habÃa levantado y paseaba por la habitación. Entonces ella le preguntó:
—¿Qué piensas hacer?
—Abofetear a ese canalla.
Ella hizo una mueca de desaprobación.
—Eso no es conveniente… ¿Y tu mujer?
—La denunciaré, tengo una prueba.
—Menos aconsejable todavÃa, querido. Es una necedad. Nunca te dejaré que hagas eso.
Y pausadamente, con voz débil, le demostró el escándalo inútil de un duelo y un proceso. Durante ocho dÃas serÃa la comidilla de los periódicos; era toda su existencia lo que se jugaba: su tranquilidad, su encumbrada posición en la corte, el honor de su nombre, ¿y por qué? Para que se riesen de él.
—¡Qué me importa! —exclamó—. ¡Me habré vengado!
—Gatito mÃo —dijo ella—, cuando no se venga uno inmediatamente de esas vilezas, ya no se venga nunca.
Él se detuvo, balbuciendo. No era un cobarde, pero comprendÃa que Nana tenÃa razón. Otro malestar crecÃa dentro de él y le invadÃa; era algo ruin y vergonzoso que minaba la razón de su cólera. Además, Nana le llegó con un nuevo golpe, dispuesta a decirlo todo.