Nana
Nana —¿Y quieres saber qué es lo que más te subleva? Que tú también engañas a tu mujer. Tú no pasas las noches fuera de tu casa para ensartar perlas. Tu mujer debe de estar enterada. Entonces, ¿qué puedes tú reprocharle? Ella te responderá que tú le diste el ejemplo, lo que te cerrará la boca… Por eso, querido, estás aquà pataleando, en vez de estar allà y matarlos a los dos.
Muffat habÃa caÃdo de nuevo en la silla, aplastado bajo la brutalidad de aquellas palabras. Nana se calló, para tomar aliento; luego gimió:
—¡Oh! Estoy como rota. Ayúdame a incorporarme un poco. Me escurro y tengo la cabeza muy baja.
Cuando la hubo ayudado, ella suspiró, encontrándose mejor. Y volvió a meditar sobre el hermoso espectáculo de un proceso de separación. Ya veÃa al abogado de la condesa divirtiendo a todo ParÃs con las cosas de Nana. Todo saldrÃa a relucir, su fracaso en el Varietés, su hotel, su vida… ¡Ah, no!
Ella no necesitaba tanta publicidad. Cualquier cochina tal vez le empujase para darse bombo a costa suya, y ella querÃa su dicha antes que nada.
Nana lo habÃa atraÃdo hacÃa sÃ, y ahora lo tenÃa con la cabeza sobre la almohada, pegada a la suya y con un brazo bajo su cuello… Suavemente le murmuró:
—Óyeme, gatito mÃo; vas a arreglarte con tu mujer.