Nana
Nana Él se revolvió. ¡Jamás! El corazón le estallaba; era demasiada vergüenza.
No obstante, Nana insistÃa con ternura:
—Vas a arreglarte con tu esposa… ¿Tú no querrás oÃr decir por todas partes que yo te he separado de tu hogar? SerÃa la peor reputación; ¿qué pensarÃan de mÃ? Júrame sólo que me amarás siempre, pues aunque te vayas con otra…
Las lágrimas la ahogaban. El conde la interrumpió, llenándola de besos y repitiendo:
—Estás loca; eso es imposible.
—SÃ, sà —repuso ella—; es preciso… Yo procuraré conformarme. Al fin y al cabo se trata de tu mujer… No será lo mismo que si me engañaras con la primera que encontrases.
Y asà continuó, dándole los mejores consejos. Incluso le habló de Dios. El conde creÃa estar oyendo al señor Venot, cuando este viejo le sermoneaba para arrancarle del pecado. Sin embargo, ella no hablaba de romper sus relaciones; predicaba complacencias, una partición de buen hombre entre su mujer y su querida, una vida de tranquilidad, sin fastidio para nadie; algo asà como un precioso sueño en las suciedades inevitables de la existencia. Aquello no cambiarÃa nada en su vida; él seguirÃa siendo su gatito preferido, sólo que vendrÃa menos frecuentemente y dedicarÃa a la condesa las noches que no pasase con ella.