Nana
Nana Nana habÃa agotado sus fuerzas, y acabó con un ligero suspiro:
—Tendré en mi conciencia la tranquilidad de haber hecho una buena acción. Y tú me amarás más.
Siguió un silencio. Ella habÃa cerrado los ojos, más pálida aún sobre la almohada. Ahora, el conde escuchaba, con el pretexto de que no querÃa fatigarla más. Al cabo de un largo minuto, Nana volvió a abrir los ojos y murmuró:
—¿Y el dinero? ¿De dónde sacarás el dinero si rompéis? Labordette vino ayer por lo del pagaré… Yo carezco de todo, no tengo nada que ponerme sobre el cuerpo.
Luego, cerrando los párpados, pareció muerta. Una angustiosa sombra pasó por el rostro de Muffat. En medio del golpe que le herÃa, olvidaba desde la vÃspera los apuros de dinero, de los que no sabÃa cómo salir. A pesar de las promesas formales, el pagaré de cien mil francos, renovado una primera vez, habÃa sido puesto en circulación, y Labordette, afectando desespero, achacaba toda la culpa a Francis, diciendo que jamás se comprometerÃa en un negocio con un hombre de tan poca educación.