Nana
Nana Era preciso pagar, el conde jamás admitiría que se protestase su firma. Luego, aparte de las nuevas exigencias de Nana, tenía en su casa una cantidad de gastos extraordinarios. Al regresar de las Fondettes, la condesa había demostrado bruscamente su afición al lujo, un apetito de goces mundanos que devoraba su fortuna.
Se empezaba a hablar de sus caprichos ruinosos, de un nuevo tren de casa, quinientos mil francos gastados en transformar el viejo hotel de la calle Miromesnil, y de los trajes excesivos, y de las considerables sumas desaparecidas, fundidas, dadas tal vez, sin que ella se molestase en rendir cuentas.
Dos veces Muffat se había permitido unas observaciones, queriendo saber, pero ella le había mirado con un gesto tan extraño y sonriendo, que no se atrevió a interrogarla más por miedo a una respuesta demasiado clara.