Nana
Nana Si aceptaba a Daguenet como yerno, sugerido por Nana, era sobre todo con la idea de reducir la dote de Estelle a doscientos mil francos, contando arreglarse sobre el resto con el joven, todavía dichoso por aquel inesperado matrimonio. No obstante, desde hacía ocho días, con esa necesidad inmediata de encontrar los cien mil francos de Labordette, el conde había pensado en una única salida, y ante la cual retrocedía. Se trataba de vender los Bordes, una magnífica propiedad, valorada en medio millón, que un tío acababa de legar a la condesa. Sólo que hacía falta la firma de ella, pero tampoco la condesa, por su contrato, podía desprenderse de la propiedad sin autorización del conde.
La noche anterior aun pensó hablar de ello con su mujer. Y ahora todo se desmoronaba; después de lo sucedido, jamás aceptaría un compromiso semejante. Y este pensamiento abría todavía más la horrible herida del adulterio.
Comprendió muy bien lo que Nana le pedía, porque en el abandono creciente que le impedía enterarse de todo, se había quejado, y le confió sus apuros respecto a esta firma de la condesa.
Sin embargo, Nana no parecía insistir. No volvía a abrir los ojos. Y al verla tan pálida, tuvo miedo. La hizo tomar un poco de éter. Y ella suspiró, preguntándole, sin nombrar a Daguenet:
—¿Y qué hay del matrimonio?