Nana
Nana —Se firma el contrato el martes, dentro de cinco dÃas —respondió él.
Entonces, con los párpados siempre cerrados, como si pensase en voz alta, Nana añadió:
—En fin, gatito mÃo, ya ves lo que debes hacer… Yo sólo quiero que todo el mundo esté contento.
Y le tranquilizó cogiéndole una mano. SÃ, él verÃa; lo importante era que ella reposase.
Ya no se revolvÃa. Aquella habitación de enferma, tan tibia y tan adormecida, impregnada de éter, habÃa concluido por amodorrarle en una necesidad de paz dichosa. Toda su virilidad, enfurecida por la injuria, se habÃa desvanecido al calor de aquel lecho, junto a aquella mujer doliente, a la cual cuidaba con la excitación de su fiebre y el recuerdo de sus voluptuosidades.
Se inclinó hacia ella, la estrechó en un abrazo, mientras la figura inmóvil tenÃa en sus labios una fina sonrisa de victoria.
Pero apareció el doctor Boutarel.
—¿Y bien? ¿Cómo sigue esta querida niña? —dijo familiarmente a Muffat, al que trataba como a un marido—. Vaya, ya la ha hecho hablar.