Nana
Nana El doctor era un buen mozo, joven aún, que tenía una clientela soberbia en el mundo galante. Muy alegre, riendo como un camarada con las señoras, pero no acostándose jamás con ellas, se hacía pagar muy caro y con la mayor exactitud. Por otra parte, se molestaba a la menor llamada; Nana lo mandaba buscar dos o tres veces a la semana, siempre temblando ante la idea de la muerte, confiándole con ansiedad sus infantiles miedos, que él curaba entreteniéndola con comadreos y anécdotas picantes. Todas aquellas señoras lo adoraban. Pero esta vez el mal era serio.
Muffat se retiró muy conmovido. Ya no sentía más que un enternecimiento al ver a su pobrecita Nana tan débil. Cuando salía, ella le llamó con una seña y le acercó la frente a la vez que, en voz baja, le decía en tono de amenaza cordial:
—Ya sabes lo que te he permitido… Vuelve con tu mujer, o se acabó; me enojaré.
La condesa Sabine había querido que el contrato de su hija se firmase un martes, para inaugurar con una fiesta el hotel restaurado, cuyas pinturas apenas estaban secas.
Quinientas invitaciones se habían enviado. Todavía aquella misma mañana los tapiceros ponían los cortinajes, y en el momento de encender las arañas, hacia las nueve, el arquitecto, acompañado de la condesa, que se desvivía, daba las últimas órdenes.