Nana

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Era una de estas fiestas de primavera, de un tierno encanto. Las cálidas noches de junio habían permitido abrir las dos puertas del gran salón y prolongar el baile hasta la arena del jardín.

Cuando llegaron los primeros invitados, recibidos a la puerta por el conde y la condesa, se quedaron deslumbrados. Recordaban el salón de otros tiempos, por el que pasaba el recuerdo glacial de la condesa Muffat, aquella estancia antigua, de una severidad devota, con sus muebles imperio de caoba maciza, sus colgaduras de terciopelo amarillo, su techo verdoso y extremadamente húmedo.

Ahora, desde la entrada, en el vestíbulo, los mosaicos realzados de oro brillaban bajo los altos candelabros, y la escalera de mármol ostentaba en su barandilla finísimos cincelados. El salón resplandecía forrado de terciopelo de Génova, extendiendo en el techo una amplia decoración de Boucher, que el arquitecto había adquirido por cien mil francos en la venta del castillo de Dampierre.

Las arañas y los candelabros de cristal alumbraban un lujo de espejos y de muebles preciosos. Se habría dicho que la butaca de Sabine, aquel único asiento de seda roja, cuya molicie desentonaba en otro tiempo, se había multiplicado y extendido hasta llenar todo el hotel con una voluptuosidad perezosa, con un deleite agudo, que ardía con la violencia de los fuegos tardíos.


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