Nana

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Ya se bailaba. La orquesta, situada en el jardín, delante de las ventanas abiertas, interpretaba un vals, cuyo ritmo acariciador llegaba suavizado y envuelto en el aire libre. Y el jardín se ensanchaba en una sombra transparente, iluminado de farolillos venecianos, con una tienda de púrpura situada en el borde de un césped y en donde se instaló un quiosco.

Aquel vals, precisamente el vals desgarrado de La Venus Rubia, que sugería una risa picaresca, penetraba en el viejo hotel con una onda sonora y un estremecimiento que calentaba las paredes. Parecía como si algún viento de la carne, llegado de la calle, barriese toda una época muerta de la altiva mansión, arrebatando el pasado de los Muffat: un siglo de honor y de fe adormecido bajo los techos.

Sin embargo, junto a la chimenea, en su sitio habitual, los viejos amigos de la madre del conde se refugiaron, desorientados y deslumbrados. Formaban un pequeño grupo en medio de la multitud que paulatinamente lo invadía todo.

La señora Du Joncquoy, no reconociendo ya las habitaciones, había cruzado el comedor. La señora Chantereau contemplaba con aire estupefacto el jardín, que le parecía inmenso. En seguida, y en voz baja, hubo en aquel rincón una especie de amargas reflexiones.


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