Nana
Nana —ImagĂnense —murmuraba la señora Chantereau—, si volviese la condesa… ÂżEh? Se imaginan su entrada en medio de este gentĂo. Y todo este oro, y este ruido… ¡Es escandaloso!
—Sabine está loca —respondĂa la señora Du Joncquoy—. ÂżLa han visto en la puerta? FĂjense, se ve desde aquĂ… Lleva todas sus alhajas.
Por un instante se levantaron para observar de lejos a la condesa y al conde. Sabine, con un vestido blanco, adornado con un maravilloso encaje de Inglaterra, estaba radiante de belleza, de juventud y de jovialidad, con cierta nota de embriaguez en su continua sonrisa.
A su lado, Muffat, envejecido, un poco pálido, tambiĂ©n sonreĂa, con su aire tranquilo y digno.
—Y pensar que Ă©l era el dueño —agregĂł la señora Chantereau—, que ni siquiera un banquillo entraba aquĂ sin su permiso… CĂłmo ha cambiado todo esto. Ella está en su casa en estos momentos. ÂżSe acuerdan ustedes de cuando ella no querĂa restaurar el salĂłn? Y ha rehecho todo el hotel.
Pero se callaron, pues la señora de Chezelles entraba con un grupo de jóvenes que se extasiaban y aprobaban con ligeras exclamaciones.
—¡Oh! Delicioso, exquisito, cuánto gusto…
Y ella dijo desde lejos: