Nana

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—¿Qué le decía yo? No hay nada como las antiguas viviendas cuando se las acondiciona… ¿No es cierto? Completamente del gran siglo… En fin, ya puede recibir.

Las dos ancianas habían vuelto a sentarse, bajando la voz para hablar del matrimonio, que asombraba a mucha gente.

Estelle acababa de pasar; vestía traje de seda rosa, siempre delgada y rígida, con su cara de virgen muda. Había aceptado a Daguenet apaciblemente; no demostraba ni alegría ni tristeza, tan fría y tan blanca como las noches de invierno en que agregaba troncos al fuego de la chimenea.

Toda esta fiesta, dada en su honor, todas aquellas luces, aquellas flores y aquella música, la dejaban sin la menor emoción.

—Un aventurero —decía la señora Du Joncquoy—. Yo jamás le he mirado.

—Cuidado; ahí está —murmuró la señora Chantereau.

Daguenet, que había visto a la señora Hugon con sus hijos, se apresuró a ofrecerle el brazo, y se reía y le testimoniaba una viva ternura, como si ella hubiese contribuido en su buena fortuna.

—Se lo agradezco —dijo ella sentándose junto a la chimenea—. Es mi antiguo rincón.


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