Nana
Nana —¿Lo conoce usted? —preguntó la señora Du Joncquoy cuando Daguenet se hubo marchado.
—Ciertamente, es un joven encantador. Georges le quiere mucho. Pertenece a una familia honorable.
Y la buena señora lo defendía contra la sorda hostilidad que advertía. Su padre fue muy estimado por Louis-Philippe, y ocupó hasta su muerte una prefectura. Posiblemente él se había disipado un poco, y se le creía arruinado. De todas maneras, un tío suyo, un gran propietario, acababa de dejarle su fortuna.
Pero aquellas señoras meneaban la cabeza mientras la señora Hugon, molesta a su vez, insistía siempre sobre la honorabilidad de la familia. Estaba muy fatigada y se quejó de sus piernas. Desde hacía un mes vivía en su casa de la calle Richelieu, a causa de una serie de negocios, según decía. Una sombra de tristeza velaba su maternal sonrisa.
—No importa —concluyó la señora Chantereau—. Estelle podía aspirar a algo mejor.
Hubo una fanfarria. Se avisaba para una cuadrilla, y todo el mundo refluía a los dos lados del salón para dejar el espacio libre.
Los vestidos claros pasaban y se mezclaban en medio de las manchas oscuras de los fracs, mientras la gran luz ponía sobre aquel mar de cabezas y de resplandores de pedrería un estremecimiento de plumas blancas, una floración de lilas y de rosas.