Nana
Nana Ya hacía calor, y un perfume penetrante ascendía de aquellos tules ligeros, de aquellos arrugamientos de raso y de seda en que los hombros desnudos palidecían bajo las notas vivas de la orquesta.
A través de las puertas abiertas se veían, en el fondo de las habitaciones contiguas, filas de mujeres sentadas, sonriendo discretamente, brillantes sus ojos y animados los labios por hechiceros gestos que el soplo del abanico refrescaba.
Seguían llegando invitados. El criado no cesaba de anunciar nombres, en tanto que varios señores procuraban instalar a sus esposas recién llegadas, perplejas en sus brazos y empinándose para buscar a lo lejos un asiento desocupado.
El hotel se llenaba, las faldas se rozaban, y había rincones donde un espesor de encajes, de lazos y de polisones bloqueaba el paso, con la resignación cortés de todos, ya acostumbrados a estas reuniones deslumbrantes en que brillaban con sus graciosos atractivos.
Sin embargo, en el fondo del jardín, bajo el rosado resplandor de los farolillos venecianos, desaparecían algunas parejas, escapadas del sofoco del gran salón, y las sombras de los vestidos desfilaban por el borde del césped, como acompasadas por la música, que adquirían detrás de los árboles una suavidad lejana.