Nana
Nana Steiner acababa de encontrar allĂ a Foucarmont y a HĂ©ctor de la Faloise; bebĂan una copa de champaña cerca del quiosco.
—¡Está podrido de elegancia! —decĂa HĂ©ctor, examinando la tienda de pĂşrpura, sostenida por lanzas doradas—. Se creerĂa uno en la feria del mazapán… ÂżEh? ÂżNo es esto la feria del mazapán?
Ahora afectaba una broma continua, echándoselas de hombre hastiado de todo y no encontrando nada digno de tomarse en serio.
—El pobre Vandeuvres sĂ que se quedarĂa sorprendido si apareciese —murmurĂł Foucarmont—. ÂżSe acuerdan ustedes cuando se morĂa de aburrimiento ante la chimenea? No podĂa ni reĂrse.
—¿Vandeuvres? Bah, un fracasado —repuso desdeñosamente HĂ©ctor—. Uno que se equivocĂł de medio a medio si creyĂł que nos aplastarĂa con su chamuscamiento. Nadie habla ya de Ă©l. Arrasado, concluido, enterrado el tal Vandeuvres. A otra cosa.
Después, cuando Steiner le estrechaba la mano, añadió:
—¿No saben? Nana acaba de llegar… ¡Oh, qué entrada, muchachos!