Nana

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Poco a poco se fue llenando el quiosco. Entonces cedieron su sitio sin separarse. Héctor miraba a las mujeres descaradamente, como si creyese que estaba en Mabille. En el fondo de una alameda tuvieron una sorpresa: el grupo encontró al señor Venot en solemne conferencia con Daguenet, y las bromas fáciles les persiguieron. Le estaba confesando y dándole buenos consejos para su primera noche.

Después regresaron hacia una de las puertas del salón, donde una polca arrebataba a las parejas, con un balanceo que obligaba a apartarse a los hombres que seguían en pie. Con el soplo de la brisa llegada del exterior, las bujías ardían muy altas. Cuando pasaban unas faldas, con su rítmica y viva cadencia, eran como una leve ráfaga de viento que atenuaba el calor que despedían las arañas.

—Caramba, no tienen frío los de ahí adentro —murmuró Héctor.






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