Nana
Nana Sus ojos parpadeaban al regresar de las sombras misteriosas del jardÃn, y descubrieron al marqués de Chouard, aislado, dominando con su estatura los hombros desnudos que le rodeaban. TenÃa la cara pálida, muy severa, con aire de altiva dignidad bajo su corona de escasos cabellos blancos. Escandalizado por la conducta del conde Muffat, acababa de romper públicamente con él, y aseguraba que no volverÃa a poner los pies en el palacio. Si habÃa consentido en presentarse allà aquella noche, se debÃa a instancias de su nieta, cuyo matrimonio, por otra parte, desaprobaba con palabras indignadas contra la desorganización de las clases dirigentes y los vergonzosos compromisos de la degradación moderna.
—Esto es el fin —decÃa junto a la chimenea la señora Du Joncquoy al oÃdo de la señora Chantereau—. Esa pelandusca ha embrujado a ese desgraciado… Nosotras que le hemos conocido tan creyente y tan noble…
—Al parecer se arruina —continuó la señora Chantereau.
Mi marido ha tenido entre sus manos un pagaré… Ahora vive en ese hotel de la avenida de Villiers. Todo ParÃs habla de eso… ¡Dios mÃo! Yo no defiendo a Sabine, pero convengan en que le da muchos motivos de queja, y si ella también tira el dinero por la ventana…
—No es sólo dinero lo que tira —interrumpió otra—. En fin, entre los dos, acabarán más pronto… Un naufragio en el lodo, querida.