Nana
Nana Pero una voz suave las interrumpió. Era el señor Venot. Se habÃa sentado detrás de ellas, como si desease desaparecer, e inclinándose, murmuró:
—¿Por qué desesperar? Dios se manifiesta cuando todo parece perdido.
Él asistÃa apaciblemente a la destrucción de aquella morada que dirigÃa en otros tiempos. Desde su estancia en las Fondettes, dejaba que aumentase el alocamiento, con la conciencia muy clara de su impotencia. Lo habÃa aceptado todo: la pasión frenética del conde por Nana, la presencia de Fauchery cerca de la condesa, incluso el matrimonio de Estelle con Daguenet. ¿Qué importaban estas cosas? Y se mostraba más flexible, más misterioso, acariciando la idea de apoderarse tanto del nuevo matrimonio como del matrimonio desunido, sabiendo perfectamente que los grandes desórdenes conducen a las grandes devociones. La Providencia tendrÃa su momento.
—Nuestro amigo —continuaba en voz baja—, sigue siempre animado de los mejores sentimientos religiosos… Me ha dado gratas pruebas de ello.
—Sà —dijo la señora Du Joncquoy—, pero lo primero que deberÃa hacer es reunirse con su esposa.
—Sin duda… Precisamente tengo la esperanza de que esta reconciliación no tarde mucho.