Nana

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Entonces las dos ancianas señoras le preguntaron, pero él se volvió más humilde, arguyendo que había que dejar obrar al cielo. Todo su deseo, reconciliando al conde con la condesa, estribaba en evitar un escándalo público. La religión toleraba muchas debilidades si se guardaban las apariencias.

—En fin —agregó la señora Du Joncquoy—, usted debería impedir el matrimonio con ese aventurero.

El viejecito mostró la más profunda extrañeza.

—Ustedes se equivocan; el señor Daguenet es un joven de grandes méritos… Conozco sus ideas. Quiere hacer olvidar sus errores de juventud. Estelle lo traerá al buen camino, no les quepa duda.

—Estelle… —murmuró desdeñosamente la señora Chantereau—. A esa querida niña la considero incapaz de tener voluntad. Es muy insignificante.

Esta opinión hizo sonreír al señor Venot, pero no dijo nada más acerca de la joven prometida. Cerrando los párpados, como para desinteresarse de la conversación, se volvió de nuevo a su rincón.

La señora Hugon, en medio de su lasitud distraída, había cogido algunas palabras. Intervino y concluyó con su carácter tolerante, dirigiéndose al marqués de Chouard, que la saludaba:


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