Nana

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—Estas señoras son demasiado severas. La existencia es tan mala con todo el mundo… ¿No es así, amigo mío? Debemos perdonar mucho a los demás cuando se quiere ser digno del perdón de ellos.

El marqués se quedó perplejo unos segundos, temiendo una alusión, pero la buena señora tenía una sonrisa tan triste que en seguida se repuso y dijo:

—No, nada de perdón para ciertas faltas… Con tales complacencias es como se embrutece la sociedad.

El baile aún se había animado más. Una nueva cuadrilla daba al piso del salón un ligero balanceo, como si la antigua mansión se doblase bajo el bullicio de la fiesta. Por momentos, entre la confusa palidez de las cabezas se destacaba un rostro de mujer, arrebatado por la danza, los ojos brillantes, los labios entreabiertos y el reflejo de la lámpara sobre su blanca piel.

La señora Du Joncquoy decía que aquello carecía de sentido, que era una locura apiñar quinientas personas en un recinto en el que apenas cabían doscientas. Para hacer aquello, ¿por qué no se firmaba el contrato en la plaza del Carrousel?


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